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Concejo en el club de lectura La Libre

Agradecimientos

En primer lugar, agradecer nuestra presencia en este club de lectura, sobre todo porque con ella vemos confirmada, o al menos satisfecha, una de las principales exigencias que nos marcamos como editorial: subordinar la escritura a la comunicación oral. De alguna manera, añoramos emular ese cuento de Eduardo Galeano donde el avión era aquel cacharro que, en el principio de los tiempos, solo permitía a los pasajeros desplazarse desde el punto A hasta el punto B; que fue arrinconado por el automóvil, el cual dejaba a sus ocupantes, al menos, apreciar los paisajes; y él mismo superado por el tren, que facilitó por primera vez, como dijera Agustín García Calvo, que fuera a las personas a quienes las pasaran las cosas en los trayectos; llegando después, en esta poética involución, casi al culmen con la bicicleta, ingenioso artilugio con el que se conseguía devolver a los mapas relieves y fragancias; para que, por fin, en la cúspide del espíritu de la Historia, de su conciencia, tome su sitio el desplazamiento a pie, que seduce al caminante, al viajero, a embobarse con los detalles, a ser él también paisaje.

Con este sentido, el del reencantamiento del mundo, sin realmente saber si a estas alturas del devenir puede llegar a ser deseable un mundo sin literatura, sin letra impresa, sí estamos al menos convencidos de que esta no puede seguir siendo refugio del individuo mezquino y autista en que nos han – hemos – construido.

A semejanza de Galeano, con su restauración del maravilloso dispositivo anatómico del cuerpo humano para el transporte, anhelamos devolver a la palabra su función de lazo social, su capacidad performativa (productiva) de realidad y la figura de hito que representa en el territorio del sentido común.

Conocedores del soporte que ofrecieron las imprentas a la Revolución Francesa, como máquinas de producción de subjetividades, no dejan de inquietarnos las consecuencias desatadas por las llamadas nuevas tecnologías de la comunicación. En un mundo donde ya nadie se mira a los ojos, el deseo como agencia ya no nos acerca al otro, nos remite a uno mismo, al reflejo de la mercancía. Por eso, recular al libro como caja de herramientas, siguiendo a Foucault, puede resultar, en alguna medida, un alivio, una tisana en tiempos de urgencia. Y aun desconociendo la versatilidad de este instrumental grabado en tinta –Benedict Anderson ya nos aclara su importancia radical en el surgimiento del nacionalismo– por el momento nos sentimos con la valentía suficiente para intentar convertir las páginas, las cuartillas, en viveros con que repoblar los imaginarios hoy esquilmados por el capitalismo.

Hay, y con esta última reflexión concluimos este agradecimiento por la invitación a estar esta tarde con vosotros, que restituir a la palabra como dimensión del ser humano, en igual proporción que su silencio, porque solo hilando la relación entre la voz y el silencio lograremos comprender la comunicación como un hecho vivo amplio que nos pone en comunión con el otro. Solo así es posible que el silencio no nos enmudezca.Colocamos el punto final, en este, aunque momentáneo, silencio.

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